La θ es la zeta de zapato y la χ es la jota de jamón. La δ es la de de cada y la γ es la ge de lago, esas dos consonantes suaves que el español hace entre vocales sin haberlas estudiado nunca y sin saber que son otro sonido.
Las cinco vocales griegas son las cinco españolas, limpias y sin reducir. Sumando las dos cosas, el inventario de sonidos del griego moderno es casi exactamente el que ya hace una boca peninsular, incluidas las tres consonantes que ninguna otra lengua europea regala.
Eso convierte a este idioma en un caso raro. Leer griego en voz alta correctamente cuesta una semana, la que se tarda en el alfabeto, y a partir de ahí la factura entera está en escribirlo, en los casos y en un vocabulario que parece conocido y no lo es.
El alfabeto es medio conocido, y ahí está la trampa
Media docena de letras llegan puestas por las matemáticas y la física: alfa, beta, pi, sigma, lambda, delta. Eso ahorra tiempo y monta la trampa, porque la beta de la clase de física se lee be y la del griego moderno se lee uve, y la eta que se dibujaba como una hache larga se lee i.
Las que hay que aprender de cero son pocas: xi, psi, omega, theta y las minúsculas que no se parecen a su mayúscula. Con eso está el alfabeto, y son unos días.
La escritura tiene además una comodidad que el español no tiene: el acento va escrito en todas las palabras de más de una sílaba, sin excepciones ni reglas que memorizar. Nunca hay duda de dónde cae, cosa que en ruso cuesta un año.
Cinco grafías entran y sale un solo sonido
Aquí está la única deuda real de la escritura, y son cinco grafías para un solo sonido. Cinco grafías se leen todas como una i: la eta, la iota, la ípsilon y los pares épsilon iota y ómicron iota, y las cinco se dicen exactamente igual desde hace muchos siglos.
Leer es determinado y escribir no lo es. Cada grafía tiene una sola pronunciación, así que del papel a la boca no hay ninguna duda; de la boca al papel hay cinco caminos y solo uno correcto para cada palabra, y no hay regla que lo decida, solo memoria de palabra entera.
La consecuencia práctica es que el dictado sigue costando en el año tres, cuando leer en alto ya salía en el día dos. Y hay una salida barata: escribir a mano cada palabra nueva dos veces al aprenderla, porque la memoria que hace falta aquí es la de la mano y no la del oído.
Hay un segundo grupo de parejas que funciona igual y que casi ningún método señala: la omega y el ómicron se dicen las dos o, y el par alfa iota se dice e como la épsilon. Sumadas a las cinco de arriba, el número de decisiones ortográficas por palabra es alto y la buena noticia es que se agotan ahí: no hay más grupos, y quien memorice estos tres tiene resuelta la ortografía griega para siempre.
Las raíces conocidas no dan la lengua
Todo hispanohablante trae miles de raíces griegas puestas, y sirven bastante menos de lo que promete la lista. Están casi todas en el vocabulario técnico y culto, y ninguna de ellas aparece en la conversación de una panadería.
La palabra griega corriente para agua no se parece a hidráulico, y la de mesa no se parece a nada. La ventaja real llega después, en el periódico y en el registro formal, donde esas raíces se reconocen a docenas y donde el español avanza mucho más rápido que el inglés.
Hay una segunda capa que explica esa impresión de vocabulario doble. El griego arrastra un registro depurado, construido en el siglo diecinueve para parecer más antiguo e impuesto en la administración, y conviven con el habla corriente en el mismo párrafo de un periódico.
Tres mil años, en anillos
Lo que se vende como griego puede ser cualquiera de estos
Se lee de dentro afuera. No son etapas de un mismo curso, son objetivos distintos, y elegir mal el anillo no se arregla estudiando más.
- núcleoGriego antiguoContra lo que se mide todo lo demás, y no es una lengua que hable nadie
- 02KoinéLa forma común que viajó con el imperio
- 03Bizantino y lo que vino despuésMil años de escritura mirando hacia atrás
- 04El registro depuradoConstruido en el siglo diecinueve para parecer antiguo, e impuesto en la administración
- 05DemóticoLo que la gente hablaba mientras tanto, oficial desde 1976
Los dos anillos de fuera se solapan dentro de un mismo párrafo de periódico, y de ahí sale la impresión de vocabulario doble.
No hay infinitivo, y eso ya lo sabes decir
No hay infinitivo: se dice quiero que vaya. Donde el español elige entre quiero ir y quiero que vaya, el griego solo tiene la segunda estructura y la usa siempre, también cuando el sujeto es el mismo.
Para este lector es una de las mejores noticias del idioma. La construcción no es nueva, el subjuntivo ya está instalado y lo único que cambia es que se usa donde el español habría metido un infinitivo, así que se trata de ampliar un hábito y no de crear uno.
Los casos son cuatro y funcionan como los del alemán, con la diferencia de que aquí el vocativo se usa de verdad y a diario, para llamar a alguien por su nombre. Tres géneros, cuatro casos, y una tabla que se aprende en un mes.
Con el verbo hay una segunda cosa que un hispanohablante reconoce y casi nadie le dice: el griego marca el aspecto en la forma del verbo, con una raíz para lo continuo y otra para lo puntual, exactamente el reparto de canté contra cantaba. Es la misma ventaja que este lector tiene en ruso y en polaco, y aquí llega además con un alfabeto que ya se domina.
Un diccionario del Estado, una tabla y una cámara en la calle
El diccionario Triantafyllidis, en greek-language.gr, es gratuito, monolingüe y dice con claridad qué palabra pertenece al registro depurado, que es exactamente la duda que produce el párrafo doble de arriba. Sustituyó a la edición impresa.
Wiktionary es gratuito y da la declinación y la conjugación completas en una pantalla, cosa que un bilingüe deja fuera. Easy Greek graba conversaciones por la calle con subtítulos en los dos idiomas, gratis en el canal y con transcripciones de pago, y sustituyó al diálogo grabado en estudio para estudiantes, donde nadie se come una sílaba.
Los seis apartados, y el orden que sale de aquí
Se entra por el alfabeto griego, que son días, y se pasa enseguida a la pronunciación griega, que para este lector es el apartado más corto de todo el atlas y conviene leerlo aunque solo sea para saber cuánto no hay que estudiar.
Los tres géneros, los cuatro casos y la ausencia de infinitivo están en la gramática griega. Las raíces que sí sirven y el registro doble están en el vocabulario en griego.
Hablar desde la primera semana, que aquí es más posible que en ningún otro idioma de esta lista por lo de los sonidos, es la conversación en griego, y seguir una conversación entre dos griegos a velocidad real es la comprensión oral en griego.
De los vecinos, el latín es la otra mitad de las raíces que un español ya tiene, y explica por qué tantas palabras cultas llegaron por partida doble. El italiano comparte con el griego el sistema de cinco vocales limpias y el ritmo, así que quien haya hecho uno reconoce el otro al oírlo. El calendario está en cómo aprender un idioma.
Queda la pregunta que hay que hacerse antes de comprar ningún método, porque decide cuál: hacia qué griego se camina, el que se habla hoy en Salónica o el que hay debajo de la filosofía y del Nuevo Testamento. No son etapas de un mismo curso, y donde eso se decide es en qué idioma elegir.