Las cinco vocales japonesas son las españolas, y la ra japonesa es la erre simple de pero. Un manual escrito en inglés dedica su primera sección a esas dos cosas, con avisos y con ejercicios; aquí ocupan la frase que se acaba de leer y el hueco que dejan se va entero a lo que sí cuesta.
Ese regalo tiene una trampa que conviene ver el primer día. Quien pronuncia bien desde el principio suena competente, y a quien suena competente se le contesta rápido y con frases enteras, así que el desfase entre lo que se produce y lo que se entiende se abre antes y más que en cualquier otro idioma de esta lista.
Lo que se paga aquí es de otra clase: tres escrituras a la vez, un verbo que llega al final, una cortesía que está dentro del verbo y un acento que es de altura y no de fuerza.
El cambio de escritura hace el trabajo de los espacios
El japonés no separa las palabras con espacios y no las necesita, porque los tres sistemas de escritura van en la misma frase y el cambio de uno a otro marca dónde acaba cada pieza.
Los kanji llevan el contenido, los sustantivos y la raíz de verbos y adjetivos. El hiragana lleva todo lo que envuelve a eso, las partículas, el tiempo y la cortesía. El katakana lleva lo que vino de fuera, reformado al entrar, que para un español incluye una lista larga y divertida de palabras portuguesas del siglo dieciséis, como pan y tabaco.
Leer, entonces, no es descifrar caracteres uno detrás de otro: es ver dónde cambia el sistema. Quien aprende solo kana lee una frase como un muro continuo y quien aprende algunos kanji la ve separada, aunque no conozca todas las palabras.
Casi toda la frase no se dijo
El japonés omite lo que quien escucha puede reconstruir, y eso incluye al sujeto, al complemento y a veces a las dos cosas. Un español parte con ventaja aquí y casi nadie se lo dice: el castellano ya deja caer el sujeto, así que una frase sin pronombre no le suena incompleta.
La ventaja se acaba en el punto exacto en que el japonés omite también el objeto y la dirección, y las recupera con la forma del verbo. Cuando un verbo lleva dentro hacia quién va el favor, el español no tiene nada que prestar.
De ahí sale la consecuencia de método: escuchar aquí es reconstruir, no descodificar. Quien traduce lo que oyó ha traducido la parte pequeña, y la práctica útil consiste en parar la grabación y decir en voz alta quién hacía qué a quién, que es información que no estaba en el audio.
El tono es de altura, y el español lo hace con fuerza
Hashi es puente o palillos según dónde suba el tono, y la diferencia no está en qué sílaba suena más fuerte sino en cuál suena más alta. El español tiene parejas parecidas, público y publicó, y las resuelve con intensidad y con duración, que es otro mecanismo.
Eso deja al lector español a medio camino, que es mejor que empezar de cero y peor que estar hecho. La idea de que la melodía de una palabra cambie lo que significa ya está; el músculo para producirla sin apretar la sílaba, no.
El acento tonal casi nunca se escribe, ni siquiera en material para aprender, así que se aprende por imitación o no se aprende. Merece la pena decirlo pronto porque no impide entenderse: nadie deja de entender a quien lo falla, y por eso se queda mal para siempre.
Un intercambio corriente
Lo que se dijo, y todo lo que la frase dejó a tu cargo
El japonés omite lo que quien escucha puede reconstruir, así que escuchar es reconstruir y la parte audible es la mitad pequeña.
- El verboMuchas veces la única palabra presente
- Una partícula o dosMarcando lo único que no se podía adivinar
- Quién lo haceSe cae siempre que el contexto lo dé, que es casi siempre
- A quién se le haceLo lleva muchas veces la dirección metida dentro del verbo
- Qué sois el uno para el otroLo lleva la forma del verbo, y no una palabra aparte
- Lo que se dijo hace tres turnosSigue vivo, y sigue poniendo las piezas que faltan
Quien traduce lo que se dijo ha traducido la parte de encima de la línea. La proporción es la afirmación entera de este dibujo.
No se puede terminar una frase sin decidir qué eres para el otro
La cortesía japonesa no es tono ni vocabulario escogido, es gramática. La cortesía está en la terminación del verbo, y esa terminación es obligatoria. No hay forma neutra: al cerrar la frase hay que elegir, y esa elección dice qué relación se está declarando.
El error caro es aprender el idioma de una sola fuente y quedarse con su registro. Quien lo aprendió de series habla en la forma llana y no puede usarla en una oficina; quien lo aprendió en clase habla en la forma cortés y suena rígido con los amigos. Ninguno de los dos se entera, porque en Japón no se corrige eso a un extranjero.
Aquí es donde el título tampoco ayuda, y es un caso raro entre los exámenes de idiomas: el JLPT no tiene sección de producción. No se habla ni se escribe en él, así que un N2 acredita reconocimiento y lectura y no dice nada sobre si esa persona sabe elegir la forma correcta delante de un cliente.
La forma práctica de salir de ahí sin vivir allí es tener dos fuentes desde el principio y saber cuál es cuál. Una serie y un pódcast de entrevistas dan los dos registros en la misma semana, y anotar cada expresión con la etiqueta de dónde salió cuesta cinco segundos y evita la frase que sale sola en el peor momento.
Un diccionario gratis, una cola de pago y una ventana emergente
Jisho es gratuito y busca por lectura, por significado y también por trazo dibujado, que es la única forma de encontrar un kanji que se ha visto en un cartel. Sustituyó al diccionario ordenado por radicales, que exigía identificar el radical antes de poder buscar.
WaniKani ordena los kanji por piezas y los reparte en una cola de repasos, con los primeros niveles gratis y el resto por suscripción, y sustituyó a la lista escolar japonesa, que está ordenada para niños que ya hablan el idioma. Yomitan es una extensión de navegador gratuita que da la palabra al pasar el ratón por encima, y sustituyó a copiar y pegar cada palabra en un buscador, que era lo que hacía que nadie leyera nada de corrido.
Los siete apartados, y el orden que aguanta
Se entra por hiragana y katakana, que son dos semanas y no admiten atajo, y por la gramática japonesa, con las partículas y con el verbo al final, que es donde está el trabajo real del primer año.
Los kanji, con sus lecturas y con un orden que los fija, están en kanji, y las tres capas de vocabulario, la propia, la de origen chino y los préstamos, en el vocabulario en japonés.
La elección de forma en cada frase está en los niveles de cortesía, y el acento de altura, que el español no tiene en ninguna parte, en la comprensión oral en japonés. Lo que da por sabido cada banda del examen está en el JLPT.
De los vecinos, el chino comparte los caracteres y nada más: las lecturas son otras y la gramática es la contraria, así que los dos a la vez son dos idiomas y no uno y medio. El coreano sí comparte la gramática casi entera y no comparte la escritura, que es el reparto opuesto y sorprende a todo el mundo. El calendario está en cómo aprender un idioma.
Queda la pregunta que decide el segundo año y que casi nadie se hace en el primero: si los kanji merecen hacerse dos veces, una para reconocerlos y otra para escribirlos a mano. Con un teclado de por medio la respuesta ha cambiado en diez años, y donde se discute es en cómo funciona la memoria.